miércoles, 2 de marzo de 2022

Reseña Película: Live and Let Die (1973)

bond 08

Título original: Live and Let Die
Año: 1973
Duración: 120 min.
País: Reino Unido
Dirección: Guy Hamilton
Guión: Richard Maibaum, Tom Mankiewicz
Con: Roger Moore, Yaphet Kotto, Jane Seymour, David Hedison, Gloria Hendry, Clifton James, Julius C. Harris
Grado: B-
Reseña: Hugo C

Continuamos con la cronología de las películas del agente secreto más famoso del mundo, lo que. si lo pensamos un poco, vendría a ser como hablar del enano más alto del mundo o de la mujer más masculina, pero, en fin, vamos al tajo.

Por lo pronto, tenemos un nuevo James Bond, en este caso, Roger Moore, que, si bien se ve un poco menos maltrecho que el Connery de Diamonds Are Forever (1971), es casi cuatro años mayor que el escocés. Moore es un actor con un registro bastante limitado, pero bien dotado para la comedia. El suyo es el Bond de la cejita levantada y la frasecita irónica, que suele terminar sus frases con "querida" cuando habla con la chica de turno. Live and Let Die (1973) continúa en el mismo tono que su antecesora, es decir, sin tomarse demasiado en serio a sí misma.

Jane Seymour y Roger Moore

Las películas de James Bond suelen reflejar los temas y las modas del momento: la carrera espacial, la crisis del petróleo, etcétera. En el caso de Live and Let Die, se trata de la blaxploitation, es decir, la oleada de películas con protagonistas negros, como, por ejemplo, Shaft (1971), Super Fly (1972), Coffy (1973) o Blacula (1972), esta última protagonizada por un vampiro negro. Broccoli y Saltzman decidieron adaptar una de las primeras novelas de Fleming, una en la que el villano y sus secuaces eran de color. En la novela, no todos los negros eran malos, pero todos los malos eran negros.

Sin embargo, los productores decidieron cambiar la raza de Solitaire, la chica Bond de turno, que en la novela era negra. Por otra parte, el papel de la traicionera Rosie Carver le fue asignado a Gloria Hendry, una actriz de color que no sólo se da un par de besos con el protagonista sino que hace las veces de comic relief.

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En cuanto a Solitaire, se trata de una muchacha buena e ingenua a quien el villano tiene en servidumbre, más que nada para que le tire las cartas. Se supone que tiene poderes místicos, que perderá el día en que deje de ser virgen. Con poderes o sin ellos, la tipa es medio paparula, ya que Bond eventualmente logrará engañarla con una baraja trucada –en la que todas y cada una de las cartas son la misma– y llevársela a la cama sin demasiadas protestas.

Para quienes quieran saber cuál es la carta, se trata de "Los Amantes". Pero no nos adelantemos tanto…

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La película comienza, como de costumbre, con Bond disparando hacia el espectador. Sin embargo, por primera vez en lo que va de la franquicia, este 007 no lleva sombrero. De ahí vamos a una secuencia triple en la que no aparece Bond y en su lugar vemos la muerte de tres agentes del Servicio Secreto de su Majestad: uno en la ONU, otro en Nueva Orleans y el tercero en la ficticia isla de San Monique. (San Monique. ¿Quién inventa esos nombres?)

Trascartón, los títulos, esta vez con música de Paul McCartney & Wings. Ya que estamos, comento que, en otra desviación del patrón acostumbrado, la banda de sonido de esta película no estará a cargo de John Barry sino de George Martin, el legendario productor de los Beatles. ¿Recuerdan esa escena de Goldfinger (1964) en la que Sean Connery decía que tomar Dom Perignon del '53 a más de 3°C era como escuchar a los Beatles sin orejeras? Bueno, ése era el Bond de los años 60, y ahora las cosas han cambiado.

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Tras los títulos, vemos a Bond entreverado con una señorita que se le había traspapelado de una misión anterior en Roma, y estando en eso alguien golpea a la puerta, nada menos que M (Bernard Lee), que viene a lo de Bond para ponerlo al tanto de su próxima misión. ¡Epa! En las viejas películas de Connery, M es como esos médicos que nunca hacen visitas a domicilio: 007 tiene que ir a la oficina de su jefe y recibir la misión. En Live and Let Die, la montaña viene a Mahoma y no viceversa.

Mientras M le cuenta a Bond lo que ya hemos visto antes de los títulos, 007 lo invita a un cafecito que le prepara en una gigantesca máquina de espresso. Tan absurda y desproporcionada resulta la maquinola, que M pregunta: ¿Eso es todo lo que hace?

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A los pocos minutos aparece Moneypenny (Lois Maxwell), trayéndole a Bond un relojito que le había dejado a Q para reparar. No es un reloj cualquiera, sino uno que crea un campo magnético que según Q es capaz de desviar una bala. "Estoy tentado de poner a prueba esa teoría", farfulla M cuando Bond usa el reloj para arrebatarle la cuchara.

No bien M y Moneypenny se han ido, Bond usa el reloj magnético para bajar la cremallera del vestido de la chica, quien ha permanecido oculta en el guardarropa. O sea que el tipo usa el aparatito para tonteras. Comenzamos bien, James.

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Otro cambio: en esta película no aparece Q, sólo se lo menciona. Una pena, ya que a esta altura de la saga uno se ha ido acostumbrando al viejo cascarrabias que se exaspera cuando Bond maltrata sus gadgets o les resta importancia. De todos modos, Desmond Llewellyn retornaría en la próxima entrega, The Man with the Golden Gun (1974).

En esta película regresa Felix Leiter, el amigo americano de Bond, esta vez interpretado por David Hedison, que a pesar de las limitaciones de su papel es un poco más creíble que sus antecesores. En cuanto a los villanos, Yaphet Kotto hace un buen trabajo y lleva su papel con dignidad, a pesar de que la idea de su doble identidad sea una soberana estupidez. Pero, teniendo todos los factores en cuenta, Live and Let Die termina siendo mejor –o, si se lo prefiere, más digerible– que su antecesora.

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Lo que no quiere decir que sea una película perfecta ni mucho menos. El argumento es por momentos caótico y demasiado dependiente de una estructura que consiste básicamente en ir saltando de una escena de riesgo a la siguiente. A veces se va por una tangente de la que le cuesta mucho regresar, como es el caso del segmento con el sheriff J. W. Pepper (Clifton James), que se alarga más de lo necesario. Aún así, Pepper es una mejora si lo comparamos con el sheriff de Las Vegas en la película anterior.

Volviendo a la historia: según parece, un narcotraficante llamado Mr. Big está confabulado con un diplomático extranjero, y la misión de Bond consiste en descubrir qué se traen entre manos. Bond, que, recordemos, no es afroamericano, sigue al diplomático hasta Harlem, hasta la guarida de Mr. Big, quien es el primero en dar la clásica orden: "Llévenselo y mátenlo". De ahí en más, tenemos una sucesión de situaciones en las que 007 escapa de la muerte matando a una serpiente con un lanzallamas improvisado, destruyendo un autobús de dos pisos, cortando las alas de una avioneta, saltando sobre unos cocodrilos, etcétera.

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Hay también una extensa persecución en lancha por los pantanos de Louisiana: 12 minutos de múltiples colisiones y payasadas varias, más un accidente de filmación en la que Moore casi se rompe todos los dientes. (Ésta es la única película de la serie en la que el actor participaría en sus propias escenas de riesgo.) Mientras va de aquí para allí, Bond se las arregla para descubrir cuál es el plan del Dr. Kananga y desvirgar a Solitaire, la inocente chica que tira las cartas en el barrio. También descubre –¡oh, sorpresa!– que Mr. Big y Kananga son la misma persona. (Recuerden este dato para cuando lean mi próxima reseña.)

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La película rompe con otra regla de las películas anteriores, ya que en ningún momento se nos muestra que el reloj de Bond haga otra cosa que atraer objetos de metal. Sin embargo, cerca del final de la película, Bond lo utiliza para cortar una soga y liberarse antes de que se lo desayunen los tiburones de Kananga. Asimismo, Live and Let Die contiene la muerte más ridícula de un villano en toda la serie: Bond le hace tragar una cápsula de aire comprimido y Kananga se hincha como un globo y explota como una piñata. En fin.

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El principal problema de la trama es que podría haberse resuelto en 45 minutos cuanto mucho. El resto de la película es una serie de escenas de acción sujetas con alfileres, la mayoría traídas de los pelos. De todas, la más disfrutable es aquella en la que 007 es abandonado a merced de unos cocodrilos y logra escapar saltando de un cocodrilo a otro hasta alcanzar tierra firme. Esta escena se filmó en el criadero de un tal Ross Kananga (!), que terminó siendo quien dobló a Moore. Cuando los productores buscaban locaciones para la película, encontraron el criadero de Kananga, que en la entrada tenía un cartel que decía: LOS INTRUSOS SERÁN COMIDOS.

El resto es historia.

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Editorial: Diábolo
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Guion: Bastien Vivès
Dibujo: Bastien Vivès
Escaneador: xavib (CRG)
Archivos: 7
Formato: CBR.
Tamaño: 93 MB

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