lunes, 27 de diciembre de 2021

A propósito de Jean-Pierre Gibrat

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Autor: Jean-Pierre Gibrat
Reseña: Constantinopolitano

Jean-Pierre Gibrat: Nació el 17 de abril de 1954 en París. Tras estudiar grafismo publicitario y artes plásticas, debuta en 1977 en el campo del cómic con varias historias cortas para la revista Pilote, recopiladas en 1980 por la editorial de la misma, Dargaud, en el álbum Visions Futées. En 1978 lanza Le petit Goudard, una serie sobre un desenfrenado adolescente con guión de Jackie Berroyer, que más tarde será recopilada en cinco álbumes. Paralelamente, Gibrat publica otros trabajos en cabeceras como Le Nouvel Observateur, L´Événement, Science et Avenir y las infantiles Je Bouquine y Okapi. Para esta última realiza Médécins sin frontières, con guiones de Guy Vidal y Dominique Leguillier, recogida luego en tres álbumes. A partir de los años 90, la obra de Gibrat adquiere una tendencia más adulta. En 1997 crea su primera obra extensa como autor completo, La prórroga, una historia romántica ambientada en la II Guerra Mundial. En 2002 aparece El vuelo del cuervo, protagonizada por una resistente y un ladronzuelo durante el citado conflicto bélico. Su siguiente trabajo es la aclamada Mattéo.

La obra de Jean-Pierre Gibrat pone sobre el tapete algunas cuestiones que dan que pensar.

En primer lugar, el mayor problema de Gibrat radica fuera de él, en la industria cultural europea. La producción del citado autor parece reducida. Es un gran dibujante, buen guionista y demás, pero tras una vida dedicada a la ilustración gráfica, deja tras sí pocos cómics. ¿Por qué? Uno de los mayores problemas de la industria cultural europea consiste en la falta de especialización que libere de trabajo al dibujante. La industria estadounidense emplea equipos para el desarrollo de una idea: guionistas dibujantes, rotulistas y coloreadores. Un cómic no es la tira cómica de un periódico (otro bien escaso, lamentablemente en desaparición) realizada por un único autor, sino un producto complejo. Los norteamericanos se organizan para que el desarrollo de una obra sea colectiva. Si tiene una mínima demanda, su periplo será como la historia celebérrima de M. Ende: interminable. Sus equipos de trabajo han colonizado el mundillo del cómic y amenazan con hacer lo propio en la pequeña pantalla. Que la serie más interesante en la actualidad casi sea Ojo de Halcón (2021) dice poco bueno de Hollywood y mucho de la estrategia Disney con Marvel. Directores consagrados como Ridley Scott tildan a las tramas marvelianas de “aburridas de cojones”, pero son sus bodrios de autor a los que cada vez menos público acude. Sin embargo, el dibujante europeo no se encuentra dentro de una fábrica de ideas; es más bien un artesano, un francotirador que debe hacer sus municiones y fraguar hasta su propio rifle. Se ve obligado a componerlo casi todo. Da igual si topa con una buena idea. No puede competir. Su producción se ve muy limitada y es dispar, salvo que haya resultado muy rentable a una empresa (como les ocurriera a Ibáñez o Raf con Bruguera). Lo tiene casi imposible para interesar a la cinematografía (más allá de los dibujos animados, claro). Es un atleta tratando de correr con unas zapatillas de plomo. Un buen ejemplo es autor que nos ocupa, J. P. Gibrat, de 67 años, que cuenta en su haber con tres docenas de historias. Nada que ver con la tirada de Daredevil, del que en sólo su primer volumen se editaron más de medio millar de historietas (que, por cierto, en los años 80 ya habían sido coloreadas). Gibrat ha sido autor de al menos tres obras muy recomendables: La Prórroga (Le Sursis, 1997-1999), El Vuelo del Cuervo (Le Vol du Corbeau, 2002-2005) y Matteo (2008-). Sin embargo, todas sus tramas que merecían un mayor desarrollo. La última es la más elaborada y, con todo, los hilos secundarios se desvanecen rápidamente. Es una pena. No hablamos de un cualquiera, sino de un autor de cómics de los grandes, de uno ya consagrado al final de su periplo vital. Los noveles europeos harán bien en emigrar (al sudeste asiático) o en opositar a la administración local, porque el modelo de negocio editorial del viejo continente apesta. Echando un vistazo a las editoriales semi-independientes te preguntas: ¿De qué viven? ¿De las subvenciones? Aparte de que los cómics tengan unos índices de ventas bajos en Europa, tampoco son los productos más demandados por los libreros (oficio en peligro de extinción), ni tampoco aparecen publicitados para nada en los magazines de la cultura (pongo por ejemplo a la revista Jotdown en la que cuando alguna firma baja del Olimpo de las letras para hablar sobre cómics, te das cuenta de que tiene tanta experiencia como el Yeti en la pasarela de Victoria’s Secret).

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En segundo lugar, hay algunos “defectos” en el estilo de Gibrat. El más irritante es que dibuja siempre a la misma top model ojizarca. En Matteo eso resulta un problema en sí, pues las mujeres de la vida del protagonista, salvo su madre, parecen producto de una clonación eugenésica. Juliette, Amélie, Léa o Anechk se diferencian poco más que en el nombre. Resulta difícil saber cuál aparece, salvo que sea nombrada en las viñetas. Siempre presenta la misma mesomorfa con alguna variación de vestido o peinado. Los mismos ojos azules, idéntico rostro ovalado a lo Simonetta Vespucci, de piel blanca, sin mácula. La prueba definitiva de su identidad: todas tienen las mismas tetas. En El Vuelo del Cuervo pasa algo parecido: la protagonista tiene una hermana gemela univitelina. Jeanne y Cécile sólo se diferencian en el corte de pelo. En La Prórroga aparece Cécile, a la que no debemos suponer, también, protagonista del cómic previamente citado, pues en aquél jamás aparece o habla de hermana alguna. Dentro de cada cómic estas replicantes resultan una singularidad, pero cuando cambias de obra se genera la extraña impresión de que se desarrolla siempre la misma historia (o que en la Francia de entreguerras hubo mucho incesto). Gibrat sabe dibujar muy bien a otro tipo de mujeres, como Angèle o la Sra. Cortés, madre de Matteo. Pero no le va la variedad; adora a una top model, cuyo prototipo repite una y otra vez.

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En tercer lugar, y en consecuencia, Gibrat padece el ramalazo de androfobia que se ha convertido en una marca de nuestro tiempo. Su mensaje es claro: “las mujeres no pueden ser malas”. Sólo la suegra de Juliette aparece pasajeramente descrita como un personaje con malicia, porque pertenece a la casta de los caciques, pero apenas tiene papel. Sale enseguida de escena. El dibujante, de mentalidad propensa a lo libertario, sin embargo, participa del fetiche de que una mujer bella no puede ser mala. Hasta la conducta de la bolchevique Léa o la polaca Anechk (que liquida a un cura desde un campanario) son justificadas mediante el recurso al idealismo. Cuando llegué a la pubertad, mi venerable abuela me advirtió: En las mujeres y el mar, nunca debes confiar. A mi entender, y que me perdonen los adalides de la cultura de la cancelación (o, mejor, que les den aire), cuando una joven se sabe atractiva, saca ventaja del tema mientras puede. No es un reproche. Los seres humanos empleamos en beneficio propio la fuerza, inteligencia y el atractivo físico. Somos como las plantas trepadoras. Todos somos demasiado iguales y hacemos lo que podemos para conseguir un poco más de luz. Alejandro Dumas no tuvo el menor reparo en describir a un personaje femenino atractivo y feroz, Milady de Winter, que en Los Tres Mosqueteros (1844) aprovechaba su físico para conseguir sus objetivos. Las madrastras de Cenicienta y Blancanieves tampoco se quedaron muy atrás. Menos parco de imaginación fue el divino marqués cuando convirtió en protagonista de una de sus historias a una joven, también llamada Juliette, que medraba gracias a su libertinaje en Les Prospérités du Vice (1797). Más valdría que Gibrat los leyese. O, mejor, que escuchase unas cuantas veces Soldadito Marinero de Fito y los Fitipaldis (2004), porque una mujer atractiva puede ser muy víbora. Este estereotipo lastra sus tramas, pues las hace previsibles. Nadie es una isla. Disponer de un equipo y compartir impresiones contribuyen a deshacerte de estereotipos (a condición de que no caigas en una camarilla política o religiosa alineada y alienada). Cualquiera que eche un vistazo a la sucesión de los personajes femeninos del citado Daredevil se dará cuenta de la enorme evolución de ese género gracias a la cooperación entre los profesionales del mismo ramo.

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En cuarto lugar, con los artistas y literatos hay que tener tanto cuidado como con el vino viejo, porque lo mismo que puede mejorar, también se puede convertir en vinagre. La Prórroga es a mi entender, un cómic emblemático, impresionante. Expresa un mensaje paradigmático: toda causa que sobreponga el bien común a la felicidad personal es falaz. El que de alguna manera se compromete con un credo y dé un paso adelante siempre estará en trance de perderse. Los seres más desesperados y miserables son pródigos en ideas. Construyen inmensos palacios de conceptos. Pero a los seres humanos nos hacen felices otras cosas, por ejemplo, amar y ser amado, aunque para estar con quien tú desees te toque refugiarte en la caseta del perro. No hay nada peor que dejar que te arrastren por el compromiso hacia una idea. Detrás de cada patriota hay un idiota desesperado y estos son muchos y como la kriptonita. Ese salubre mensaje de Gibraut se ha ido transformando con la edad. El autor parece haberse avinagrado. En El Vuelo del Cuervo hay una propensión final hacia la reforma social. El protagonista indiferente hacia lo que no sea su existencia cotidiana termina siendo redimido. El giro ideológico es todavía más acusado en Matteo, en donde se da una vuelta de tuerca más hacia el mesianismo, la vida en blanco y negro y el compromiso social.

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Supongo que es el sino de los tiempos que nos ha tocado vivir. Este espectador del mundillo cultural observa a la cultura europea en horas muy bajas. Los creadores viven en diminutas islas artesanales, sometidos a los prejuicios del momento, unos prejuicios que, además, día a día se difunden más y que observo cada vez más radicalizados. Ojalá acostumbráramos a echar un vistazo a la historia y contempláramos cómo cuantos elevaron sus ideas a absolutos provocaron los mayores desastres. El que erige un templo a un dios, obliga a amarlo y extermina a quien se niegue a adorarlo. Echo de menos al Gibraut capaz de realizar el encomio gráfico del indiferente. Si es usted una persona de buen corazón, lea La Prórroga. Le gustará.

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La tierra de los hijos

Trite nos trae esta obra del autor italiano Gipi.

En La tierra de los hijos, el mundo tal como lo conocemos ya no existe. El planeta parece haber sido arrasado por los elementos y por la locura de los pocos hombres que quedan.

En un ambiente hostil, un padre cría a sus dos hijos a su manera, mediante una pedagogía dura, sin una pizca de ternura, transmitiendo lo que él cree que es esencial: la capacidad de sobrevivir, incluso aplastando a los demás si es necesario.

Cuando el padre muere, los niños emprenden un viaje con el libro que él escribió, pero que no pueden descifrar...

Idioma: Español.
Editorial: Salamandra
Año: 2018
Guion: Gipi
Dibujo: Gipi
Escaneador: Materia Oscura (CRG)
Archivos: 1
Formato: CBR.
Tamaño: 235 MB

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