sábado, 22 de junio de 2013

Cyber-espacio 03: La Casa y El Descanso

Esta semana no hubo entregas relacionadas a superhéroes, ni dibujos ni textos, pero me llegaron dos escritos que me gustaría compartir con ustedes.

El primero es de Baal El Cainita, un viejo conocido del blog que se dedica a escribir un poco de todo, lo pueden visitar en su blog, en esta ocasión nos trae una historia de zombies…
Muy buenas noches, estimados lectores. Después de revisitar un relato de zombies que hace tiempo que subí como nota a Facebook(ya saben, los zombies y los frikies como yo estamos de moda), decidí republicarlo corregido y aumentado. Como verán, puede quedar como está o seguir la narración de la historia. todo depende de si les agrada o no. Al final, el lector manda. Espero sea de su agrado y no olviden que sus comentarios y críticas se agradecen. Buenas lunas.
La Casa
Cuando tenía cinco años mi padre me enseñó la lección más importante de mi mísera vida. La vida no es justa ni equitativa. Le vienen sin cuidado los deseos de tu corazón, los anhelos, lo que hayas venido a hacer al mundo, igual te va a patear las bolas hasta que no puedas más. Por eso debes estar preparado para todo. Y éstos dos últimos meses me han demostrado la universalidad de esa ley. No recuerdo cómo inició todo, pero en el momento actual creo que no tiene importancia. Muchas veces vi películas donde la gente enferma, se agripa, desata caos y violencia. Pero las películas estaban equivocadas, Hollywood es una gran mierda, ya lo decía mi padre.
En realidad todo empezó con la cancelación de las telecomunicaciones libres para mostrar sólo informes militares. Supongo que no deseaban que nada se saliera de control, ni siquiera los motines. En su infinita arrogancia, creyeron que podían mantener las cosas a raya, que todo acabaría bien. Sólo nos informaban que los ataques terroristas estaban bajo control, pero un nuevo toque de queda se instauraba hasta nuevo aviso. Nadie sabía de qué puñeteros ataques hablaban. En lo que a mí respectaba, todos se podían ir al carajo. Luego de repente un día cayó la comunicación televisada y radiofónica, aunque por fortuna no la electricidad. Para entonces algunas personas hablaban de ataques contra seres humanos que eran mordidos para luego volverse contra otros seres humanos, de canibalismo,  pero nunca se cree en ese tipo de inventos. Es como decir que alguien ha visto hombres lobos jugando cartas con caperucita, simplemente es de orates. Sin embargo era la pura y cruda verdad.
Cualquiera que tenga un televisor ha visto alguna vez una película de muertos vivientes. Sin querer sonar sabiondo, la realidad es mucho, pero mucho más aterradora. Yo comprendí ésta nueva realidad una semana después que los ataques comenzaran. Volvía una noche de cenar con mi chica, una hermosa rubia con curvas de miedo. Al volver la esquina, una cuadra antes de casa, sentí cómo una mano me tomaba y me levantaba hasta derribarme al suelo. Luego hubo un breve espacio en blanco, después del cual se me regaló la vista de las tripas de mi chica desparramadas por el suelo mientras un infesto imbécil saco de pus lamía directamente del suelo. Era en verdad repugnante. Mi chica ya no gritaba, fueron segundos los que tardó en perecer. Para entonces, otro imbécil se esforzaba ya por alcanzarme. Como me fue posible me deshice de él y corrí a refugiarme en casa, con un grupo de ellos pisándome los talones.
Eso sucedió hace un mes y tres semanas. Dos meses desde que todo se fuera a la mierda. Me refugié en casa con la esperanza de que todo pasaría, pero en eso no se equivocaba el cine, nunca pasa, sólo empeora. Mis provisiones, como lo recomendaba mi padre, eran sólo para dos semanas. Quizá tres racionándolas.
Llevo mes y medio en casa. Demonios, seis pinches semanas. Puto estrés. Me distrae de lo que quiero escribir. Soy quizá el último jodido historiador y me pongo a contar idioteces. En fin, volvamos a lo nuestro.
Estaba narrando cómo es que toda mi vida – y la de la humanidad, ya que estamos en ello -  se fue al carajo. En el instante que crucé el portal de mi casa y a partir de entonces, aquellos estúpidos pedazos de carne descompuesta comenzaron a golpear mi portón. Segundo a segundo, minuto a minuto, día a día. Ni un solo día cesaron en su intento. Querían un pedazo de mí, querían mi calor, mi sabor, mi carne. Estaba acojonado. Sí, pueden reírse. Pero si una horda de caníbales come sesos quiere morderles el culo, ya quiero verlos riéndose. Como fui capaz aún en estado de shock, crucé el patio y me encerré detrás de las puertas de cristal de mi sala. Me tiré en el suelo y, aunque me avergüence decirlo, me senté y lloré. El mundo estaba jodido. Muy jodido.
Pasé una eternidad en el suelo, que transcurrió en solo unos minutos. Entonces, intentando reorientar mis pensamientos, me percaté que no había atrancado la puerta del patio. Esa idea me hizo entrar en pánico y me reactivó. Abrí las puertas de cristal violentamente. Corrí tras unos troncos apilados en el jardín. Grandes troncos que llevaban ahí bastante .tiempo y que debieron ser usados para parrilladas familiares que ya nunca serían. Los apilé contra la puerta de calle y corrí nuevamente al interior de mi hogar, rogando a todos los dioses y santos habidos y por haber que esos putos horrores no tuvieran la genial idea de saltar el muro que me separaba de la calle. Por suerte eran tan idiotas que no atinaron a hacer otra cosa que seguir golpeando. Regresé al interior, me senté en mi sofá y después de unos instantes encendí la televisión. Quería saber si por primera vez desde que la caja idiota fue inventada, transmitía algo que valiera la pena sintonizar. Quizá ya sabían qué pasaba allá afuera.
Nada.
Si, sólo un mensaje militar que seguramente ya no tranquilizaba a nadie. El jodido mundo se estaba yendo al diablo y el gobierno sólo nos decía “hey, chico, quédate en calma, que esto es una gripe, mañana a trabajar eh” así nos manteníamos calmaditos esperando hasta que el mundo, literalmente, nos devorara. Mientras razonaba todo y nada sobre mi situación, sentí un rencor como nunca antes por nuestros amigos los militares. por mi mente pasaron muchos supuestos que me sonaban a realidad. Seguramente tenían qué ser ellos. Algún arma como la bomba del miedo, de la que había leído. Quizá una enfermedad. Tal vez si ellos nos hubieran dicho la verdad. Tal vez si nos hubieran defendido como se debe de esos zombies de mierda. Porque eso eran, zombies. Había visto suficientes películas, series de televisión e incluso mucho pinche mocoso disfrazado en Halloween. Que si le seguimos con la lista, los zombies se volvieron moda y se les veía por todo el mundo. Videojuegos, playeras, papel de baño. Que hasta tiernos les veían. Si hubieran visto venir esto, ya me imagino a las madres de familia: “hey, quítate esa playera en éste momento, que un zombie se comió a tu hermano. ¿No te remuerde la conciencia?” Volviendo a la realidad, sí, eran zombies, y estaban aporreando mi puerta con una rabia que jamás había podido creer posible.
Tenía miedo, mucho miedo, estaba hasta la madre de terror. Quise llorar de nuevo. Sabía que no podía salir al igual que todos. Todos. ¡Mierda! Mi familia. Mi madre, mis hermanos, mis amigos – que hombre, también son familia -, mis tíos y tías. Quise correr e ir por ellos, pero no habría durado ni dos minutos ahí afuera. Además, mi madre y mis hermanos, que eran a quienes quería asegurar con mayor urgencia, estaban a media ciudad de distancia.
¡El teléfono!
Eso era, podía marcar el teléfono y avisarle a la policía, a mi familia y a toda la ciudad si así me sentía seguro y con más autocontrol. Levanté el auricular, aunque con pánico ante la idea de que no hubiera línea. La había, carajo, la había. Casi me desmayo de la emoción. Primer golpe de suerte. Marqué el número de casa de mi madre. Debí marcar primero a la policía, pero imperaba en mí el deseo de asegurar el bienestar de los míos. El que no me entienda es porque tiene muy poca madre. Yo sí tenía, y quería asegurarme de que vivía y estaba entera. Timbró una, dos veces, tres, pero nadie contestó. O bien no estaban en casa, o ya nadie podía levantar el teléfono. Colgué y marqué a la policía, pero una grabadora me desilusionó. Caí en la cuenta de que nadie vendría por mí, ahora era sólo yo y nada más yo. El golpe de verdad trajo el vómito a mi garganta y por costumbre corrí al jardín entre náuseas y arcadas. Quería vomitar en un lugar que no impregnara la casa del olor de la digestión y los ácidos estomacales. Mientras el desayuno, la comida, la cena y la cerveza obscura que ingerí en todo el día salían de mi estómago, los parásitos come carne seguían golpeando, más ruidosamente si cabe.
Después de vomitar varias veces, la cordura fue cediendo al shock. Razoné que si quería sobrevivir debía ser inteligente como no lo había sido toda mi vida. Entré en casa e hice todos los preparativos para sobrevivir. Mi casa se hallaba bien abastecida de alimentos, armas e incluso baterías. También tenía suficiente material en dos botiquines como para curar cualquier herida pequeña. Contaba con agua embotellada, galones de agua limpia para bañarme e incluso libros con los cuales entretenerme. Mi padre no esperaba una infestación masiva de necrófagos, pero sí un terremoto, golpe de estado, incluso guerras. Me enseñó que en una situación de peligro como ésta no sólo debes aprovisionarte de víveres y materiales de curación, sino también de armas y de cojones para usarlas cuando llega el momento. Racioné el alimento, poniendo especial énfasis en dividir la comida de manera que durara tanto como fuera humanamente posible, por si ocurría un casi imposible rescate, no me viera en la necesidad de rogar por un mísero pedazo de pan. Luego aproveché la electricidad, sabiendo que si esto seguía no habría forma de asegurar el suministro. Cargué todas las baterías recargables que tenía y utilicé conjuntamente el filtro eléctrico de la casa y una doble parrilla eléctrica para potabilizar un poco más de agua. Incluso contabilicé las botellas de sake, whisky, tequila y todo el licor que pude encontrar. Cuando hube acabado con la organización de mis suministros de alimentos y bebidas, pasé a lo más acuciante. Saqué mi armamento para prepararlo y organizarlo. Es bueno saber exactamente con qué potencia de juego cuentas. Yo sabía perfectamente que si quedaba alguien afuera, mis suministros podían tentarles incluso a enfrentar la horda que quería tirar mi puerta. Mi arsenal incluía una hermosa Remington 750, con mira láser adaptada y acabados de titanio; una Taurus .9 mm, dos Beretta del mismo calibre; una Colt .45mm; dos rifles de asalto ak47; un rifle de asalto m4, de poco alcance pero seguro; dos rifles de asalto m16, para distancias más largas; diez cajas de municiones para cada arma; varias granadas de fragmentación; algunas bombas incendiarias; un par de armas ninja - dos espadas, algunas estrellas y algunos cuchillos de lanzamiento, de aquellos tiempos en que me creía ser como Bruce Lee- y finalmente, algunas bengalas. Parecía un puto Rambo. Procedí a aceitar, cargar y preparar las armas de fuego, y por dos días me entretuve afilando las punzo cortantes. Cuando terminé me sentí mucho mejor. Mi estúpida histeria había pasado. Ahora me sentía seguro, me sentía armado. Podía enfrentarme a lo que sea.
Subí al segundo nivel de la casa y desde ahí, apostado en el balcón, binoculares en mano, me dediqué a vigilar mi casa. Todo eran muertos vivientes hasta donde la vista alcanzaba. Si miraba hacia la avenida, no parecían ya una horda, sino una marejada. Continué observando por días, atento a todo lo que se pudiera ver o escuchar. Un avión, un helicóptero. En mi afán por no descuidar ninguna posibilidad de ser rescatado, colgué un globo del doble de mi tamaño en el techo de la casa, con colores llamativos y las siglas S. O. S. grabadas en él. Nadie apareció. Nadie, salvo algún superviviente que huía a algunas cuadras de distancia sólo para ser comido no más de algunos minutos después. Sus gritos y súplicas de piedad, sus llantos, todo aquel dolor, plagaban el ambiente de pesadez y desesperanza. Yo hacía cuanto estaba en mi poder por ignorarlos, sabiendo que nada podía hacer. Correr tras su ayuda sólo auguraba una muerte igual. E incluso de poder salvarles, rescatar a alguien sólo significaba menos provisiones para mí.
Los días seguían sin rescate. Cada vez me resignaba más a no ser rescatado. Pero al tiempo que la soledad y la falta de contacto con el ser humano desaparecía y mi esperanza se esfumaba, mi humanidad, contrariamente, comenzó a salir a la superficie. Observaba cada vez más melancólico, sabiendo que lo último que vería antes de morir, cuando el alimento faltara, sería dolor y terror. Moriría sin haber podido ser un mejor hombre y sin posibilidad de redimirme ante la existencia. Fantaseaba con una oportunidad de hacer las cosas bien  componer mi vida. Yo que nunca había creído, rogué a dios para que todo acabara. Deseaba con todas mis fuerzas ser un hombre y no una bestia encerrada. Y entonces una mañana, todo cambió. No recuerdo cuál mañana fue, pero le dio una razón a lo que creí mis últimos días. Recién acababa mi ración de comida y recién iniciaba mi vigilancia, cuando un niño apareció a lo lejos. De no más de cinco años, huía gritando, intentando alejarse de todo el horror. Antes de que pudiera correr no más de cien metros, uno de esos malditos come carne lo derribó y le mordió la pantorrilla, arrancando tejido, músculo, tendones. El niño aulló de horror y dolor, pero se sacudió al infeliz caníbal y siguió caminando para luego de medio minuto derrumbarse en el suelo. Yo sabía lo que pasaría a continuación. El virus tardaba cuestión de un minuto en hacer efecto, lo que significaba que antes de que el pequeño fuera devorado lo suficiente como para morir totalmente, los zombies de mierda notarían que estaba infectado y le dejarían, para luego verlo erguirse y engrosar sus filas. Eso sin contar con la tortura de ser comido vivo. Oyendo sus gritos de miedo y dolor, hice lo único benévolo que podía, en base a los hechos. Levanté mi fusil y apuntando a la cabeza del pequeño, disparé. Sus sesos explotaron con la bala como si fuera una piñata. La masa cerebral salió lento por el canal que quedó en su nuca y todos los hijos de puta zombies voltearon hacia la casa. Observar por la mira del cañón el orificio en la cabeza del niño casi extermina mi cordura. El horror en mi llegó a su límite cuando una de esas malditas aberraciones, una mujer morena, desnuda, con los senos caídos y sin un pedazo de pierna, introdujo los dedos por el orificio y sacó un trozo de masa encefálica para llevársela a su pútrida boca. Pero el niño, ese angelito que sólo había cometido el error, quizá, de alejarse de sus padres, si no es que huía de ellos entre todo el mar de muerte, él ya no sufría. Vomité otra vez y luego me alejé del balcón mientras abajo reverberaban los golpes de esos infelices.
A partir de ese momento me dediqué a vigilar. Comía mi ración de alimentos sin emoción, con precisión cronométrica. Después, sentado en el balcón, esperaba y observaba, hasta que algún superviviente era capturado. En el momento en que esto ocurría, apuntaba mi fusil y mataba al pobre infeliz que había caído en sus fauces. Seguí tanto como pude, pero finalmente poco a poco mi artillería fue mermando. Las demás provisiones no se encontraban en mejores condiciones. No obstante lo acuciante de la situación, no llegó a preocuparme en gran medida. Ya me había hecho a la idea de no sobrevivir. Supongo que estar rodeado por la muerte termina por acostumbrarte a la idea. Sabes que cada segundo es un regalo. Y en mi caso, haberle robado unas semanas a la vida para ser mejor que en toda mi mísera existencia era más que suficiente. La muerte podía reclamarme cuando quisiera. Además, incluso aunque hubiera tenido suministros para toda una vida, de haber visto aquel horror por unas semanas más, me hubiera llevado a la locura y seguramente al suicidio. Así que disfruté de lo que aún mantenía en mis manos. Casi podría decir que obtuve placer de ver cómo los cráneos de esos malditos despojos estallaban. Sentía que cada bala era como una pequeña venganza por la humanidad.
Sin embargo, cuando creí que todo estaba decidido, nuevamente algo sucedió. Era como si la vida se negara a dejarme tranquilo. Todo sucedió hace recién una semana. Después de sentirme un Robinson Crusoe encerrado en mi propia casa, alejado de la humanidad, descubrí una señal, efímera sí, pero existente, de vida. Y no sólo eso, sino quizá una posibilidad de huir a algún otro lugar. Cualquier lugar era bueno, en dado caso, mejor que quedarse y morir. Descubrí que el vecino de al lado, aquel con quien siempre discutí por presumido e hijo de puta, aún estaba en casa, vivo. Una noche, específicamente a la medianoche, le vi llevar un plan cuando menos estúpido sino es que suicida. Si en el tiempo que llevaba en cuarentena, el tipo hubiera prestado atención, se habría dado cuenta que esos zombies de mierda son muy buenos cazadores. En la obscuridad pueden cazarte tan bien como en el día. O quizá nos huelen. El punto es que el estúpido vecino jamás pensó en ello. Era entendible, nunca fue conocido por emplear sus capacidades mentales. Creyendo que no hacía gran ruido –aunque yo pude escucharlo desde el balcón- y como si la obscuridad fuera a ocultar a alguien de esas bestias estúpidas, salió de su casa intentando alcanzar su auto. Por un segundo lo comprendí. Era imperativo de una manera casi instintiva huir de nuestro particular círculo del infierno. El pobre diablo no alcanzó a dar más de tres pasos fuera de su puerta cuando tres zombies se abalanzaron tras su carne. Uno de ellos, un adolescente de quizá quince años que había perdido las manos, fue el primero en derribarlo. El vecino, para mi asombro, consiguió apartarlo de sí con una patada tirándolo al suelo. Después mi vecino se levantó para correr hacia su auto, pero el adolescente se estiró de su lugar en el asfalto y le mordió entre los genitales. Las gónadas de mi vecino dejaron de existir devoradas por el zombie, que masticaba con fruición  Otro zombie, aprovechando el shock del hombre, le tomó por la espalda y mordió su cuello, reventando su carótida. La sangre manó a borbotones y antes de que pudiera hacer o pensar cualquier cosa, ya estaba muerto. Me quedé inmóvil observando. No sólo porque fuera un hecho horripilante, pues la exposición prolongada a esas escenas me hacía ya indiferente, sino por saber que le sucedía a alguien cercano. A un conocido. Sí, ok, un jodido hijo de puta por el que ni en esas circunstancias habría movido un pelo, pero un conocido a fin de cuentas. Los zombies comían de él con vehemencia, hasta que la infección hizo mella en sus carnes y le abandonaron para buscar carne más fresca. Antes de que pasaran dos minutos, el muy cabrón ya se arrastraba siguiendo a la manada. Yo continué inmóvil hasta los primeros rayos del sol.
Ahí, a mitad de la noche, tumbado contra mi balcón, me quedé meditando. Debía continuar. Ya no podía rendirme. Si mi vecino había estado vivo hasta ese momento y yo seguía vivo, podrían existir más sobrevivientes ya no en el mundo, sino en mi colonia. Podríamos unir fuerzas, sobrevivir como grupo. Pero para ello debía escapar de mi casa. Aunque de hacerlo, tendría que suceder a la luz del sol. No cometería el mismo error de mi vecino. Pensaría bien las cosas, planearía. Ahora sólo debía pensar en la forma de huir sin ser el alimento de tan putrefactos coterráneos. Un transporte, eso era. Una vez ese pensamiento pasó por mi cabeza, el desánimo volvió. No había forma de escapar. Conseguir un transporte sería imposible. Sí, estaba el auto de mi vecino, pero sin las llaves, me tomaría una eternidad encenderlo. E incluso si lo hacía, los golpes en la puerta –que ahora eran menos pero sin dejar de sonar- me recordaron que mis no muertos enemigos tienen una fuerza descomunal y quizá no les tomaría esfuerzo romper las ventanas del auto.
Con estos derrotados ánimos, llegó el día. Desilusionado me levanté para tomar mi ración de alimento matutina. A punto de dar la espalda al balcón, algo llamó poderosamente mi atención atrayendo mi mirada. En el asfalto, a escaso medio metro del lugar donde mi vecino había sido asesinado, se encontraban las llaves de su auto. Casi grito de la emoción, aunque me detuve a tiempo evitando atraer a más muertos de los que ya se encontraban a mi puerta. El auto, ahí estaban las llaves. Sí podía usar el auto. Con renovados bríos retomé mis planes. Ante todo, el mayor de mis problemas consistía en llegar hasta el auto y huir hasta donde esos infelices nunca hubieran llegado. No obstante, unos minutos después cambié de parecer. No había a dónde ir. Era suicida llegar al auto. Aunque mis provisiones estaban bajas, ¿a dónde iría? Sí, ahora estaba seguro que había más supervivientes, pero encontrarlos podía llevarme semanas o meses. Allá afuera, en un auto compacto, no sobreviviría por ese tiempo. No, no tenía lógica salir huyendo.
Entonces se me ocurrió otra idea. El auto no podía servirme para escapar, pero mi casa era perfectamente segura. Llevaba un mes y dos semanas y lo putos zombies no habían conseguido ni siquiera remover un poco la puerta. En realidad sólo necesitaba salir, tomar el auto y buscar provisiones. Conocía la ciudad como la palma de mi mano. Podía subir al auto y todos los dioses me protegieran, si todo salía bien, ir por provisiones, regresar y hacer lo mismo cada que lo necesitara. Era un mini Cooper 2008 rojo, algo pequeño, pero que muy bien me podía proporcionar el espacio suficiente para adquirir alimentos y algo de cerveza. Dios, sólo pensar en tener cerveza me hacía casi llorar de ilusión. Bendita cerveza.
Corrí a armarme de un gancho de ropa, lazo y una escalera. Hice un improvisado ganchillo para rescatar las llaves y subí a la barda, desde donde pude observar a todos esos jodidos hijos del infierno querer un trozo de mí. No fue fácil obtener las llaves. Muchas veces creí tenerlas ya en mi poder, para volver a perderlas en seguida. Sin embargo, horas después, las llaves se posaron en mis manos. La primera parte estaba hecha. Acto seguido regresé a la casa, me armé con las pocas municiones que me quedaban, las granadas, mis cuchillos y mis armas ninja. Una vez estuve armado, tomé aire, me fajé los pantalones, me apreté los huevos temiendo que los come carne me dieran el mismo tratamiento que a mi vecino y tendí una cuerda amarrada a las vigas de la casa, para luego pasarla por la barda.
Bien, era ahora o nunca. Debía ser ya, no quería arriesgarme a que el sol se ocultara antes de regresar. Trepé la escalera cuidando que la cuerda no se corriera y salté. Asombrosamente, los come carne tardaron un segundo en reaccionar, tiempo que aproveché a mi favor. Tomé dos granadas y las lancé lo más lejos que pude. Abrí lo más que pude la boca para evitar que las explosiones reventaran mis tímpanos y comencé a correr al tiempo que las granadas estallaban. El efecto fue inmediato. Todas las alimañas corrieron –o esa cosa lenta que ellos hacen que parece que corrieran- tras las granadas. Yo saqué las llaves, abrí el carro y entré. El interior olía a tapicería nueva. Fue una lástima que no tuviera mucho tiempo de apreciar ese cambio. Tanto tiempo de oler la putrefacción de afuera y no me podía tomar unos segundos de oler el interior de ese auto. ¿Qué puedo decir? Por algo dije que tenía una muy puta vida. Tanto hijo de perra no da oportunidad de apreciar lo bonito de un coche de lujo. Metí la llave en el contacto, le día vuelta y tras un ronroneo del motor, arranqué. Antes de siquiera llevar dos segundos de avance me frené en seco. Puñetera suerte. La gasolina estaba casi en ceros. El único jodido auto y sin combustible. Busqué y rebusqué como pude dentro del auto, pero sólo había una mochila. Di reversa al auto y antes de que algún zombie ordenara en su descompuesto cerebro lo que estaba pasando, salí del auto, aunque sin cerrarlo con llave. Regresé corriendo a la barda y cuando comenzaba a subir utilizando la cuerda, los primeros brutos carne podrida se dieron cuenta. Para cuando llegaron a la pared, ya era muy tarde. Yo estaba del otro lado.
Ya en mi sala. me senté a llorar comprendiendo mi suerte. Podía  desplazarme por diez minutos quizá, no más. Desesperado busqué dentro de la mochila e busca de algo valioso, pero lo único que encontré fueron inútiles folders y una barra energética. Todo el riesgo por una pinche barra energética. De no encontrarme hasta la mierda en problemas, hasta hubiera sido gracioso. En toda mi puta vida nunca comí una barra energética y ahora me había arriesgado para encontrar únicamente eso. Me decepcioné y seguí disparando como de costumbre, hasta quedarme sin balas. Sólo salvaguardé una en mi amada Taurus, que esperaba pudiera usar en mí mismo si llegaba el momento en que me quedara sin nada. Mejor morir con una bala que en la agonía del hambre, mientras esos cabrones golpeaban con renovado esfuerzo mi puerta. Me había perdido a mí mismo. No podía huir, ni obtener suministros.
Subía al balcón, pero ya no esperaba ver nada. Comencé a escribir todo lo que he vivido, por si algún aventurero con más suerte que yo lo encontrara. Quién sabe, puede que algún día sea yo como un Anna Frank de los zombies.
Entonces de repente, recién poniendo al día el diario, por tercera vez la vida me negó rendirme. Hace dos días mientras miraba hacia la calle, noté un fenómeno que antes nunca había observado. A lo lejos, a no más de diez minutos hacia el sur, una luz comenzó a prenderse y apagarse de manera intermitente, algo irregular. Era clave Morse. Alguien en una casa a diez minutos de distancia hacía clave Morse. Volvió a surgir la alegría en mí. Me invadió la misma euforia que quizá algún santo sentiría al ver aparecer a la virgen. La respuesta a mis necesidades estaba siendo escuchada. Podía ser salvado. Alguien había tenido los cojones suficientes para resistir. Además, el mensaje no pedía ayuda. Decía: Casa de seguridad. Un mensaje que sólo un vivo podía mostrar, y que sólo otro vivo podía comprender. Eso era lo que buscaba. De nuevo era momento de jugarme el todo por el todo.
Me decidí a hacerlo hoy, por eso lo escribo todo de madrugada. Quiero dejar el registro por si no logro mi cometido. Hoy me lo jugaré todo. Saldré bajando la pared. Usaré otras dos granadas y espero que estos hijos de puta no aprendan de sus errores. Subiré al carro y conduciré. Viajaré atropellando hueso y carne hasta llegar a la casa segura. Después de todo aún tengo algunas armas punzocortantes, granadas y la astucia para usarlas. Me aceptarán. Me he armado con lo poco que me queda y además he incluido el botiquín. He puesto la cuerda y estoy a punto de salir. Si no triunfo, espero que algún superviviente lea este registro que guardaré en una pequeña mochila que llevo al cinto. Pero lo lograré, soy un guerrero. Fallar no es una opción. Así que quizá este sea el adiós, aunque no lo creo, gracias a quien lea estas páginas. Sepa que un hombre resistió…
Hoy después de tres días vuelvo a escribir mi registro. Todo se ha vuelto de cabeza y me resulta difícil incluso elegir por dónde empezar mi relato. Nunca pensé que las cosas pudieran ser lo que son, ni que al día de hoy el destino de la humanidad se encuentre en que yo esté a salvo. Sí, suena arrogante e incluso yo no acabo por creérmelo, pero es cierto. Para ser sincero, quisiera que no fuera así. Es demasiada responsabilidad para un solo hombre. Pero otra vez estoy de quejica. Contaré lo que paso, porque resulta de vital importancia para comprender mi situación actual.
Como relaté, salí de la casa con las granadas y los cuchillos en mano. Antes de poder lanzar alguna de las granadas, un jalón me contuvo y me vi forzado a clavar mis dos cuchillos en la cabeza de una adolescente rubia que, seguramente antes del infierno, había sido toda una belleza. Debí sentir lástima por ella, pero estaba muy ocupado en salvar mi culo. Por fin solté las granadas y corrí al auto. A punto de llegar a  la puerta un maldito zombie se me puso enfrente. Era un mastodonte de quizá cien kilogramos de puro músculo. Músculo putrefacto, pero músculo al fin. Parecía fuerte, así que no me arriesgué, tome una de las espadas y le rebané la cabeza finamente en diagonal. Cayó muerto al suelo y para mi jodida suerte, la puerta del mini Cooper achaparrado quedó bloqueada por esa mole de carne purulenta. Jalé el estorbo para alejarlo del auto y poder subir. A punto de abrir la puerta un dolor punzante que quemaba y penetraba a la vez se hizo sentir en mi muslo.
Se había acabado todo.
Un jodido cadáver me había mordido. No tenía piernas, se arrastraba moviendo su abdomen sobre la acera. Por eso no lo vi acercarse. En un frenesí de locura o furia, o quizá de ambas, puse mi Taurus en su cabeza, esa Taurus en la que guardaba la bala para mí y disparé. Su cerebro quedó regado por el suelo, al tiempo que abría la puerta y me metía en el vehículo. La mordida me quemaba, pero extrañamente no sangraba. Sabía lo rápido que ese virus era, sabía que estaba perdido.  Había jugado mis cartas y no podía salirme peor mano. Sería como ellos. Maldita sea, sería como esos putos zombies, deambulando sin cerebro. No, no podía permitirlo. Tomé las llaves, las introduje en el encendido y en un nuevo arranque de furia, aceleré el auto y me perdí rumbo a la casa segura.
En mi mente dos pensamientos pugnaban entre sí. Uno me aseguraba que si llegaba a esa casa todo estaría bien. El otro, más realista y crudo, me indicaba que todo estaba perdido. Había sido mordido. Seguí avanzando, seguí, seguí y seguí. Me detuve de golpe. Algo no cuadraba. Llevaba al menos cuatro minutos al volante. Todos los humanos mordidos que había visto, sucumbían al virus en menos de un minuto. Con cautela, revisando que los muertos no estuvieran cerca, me miré la herida. Aún sangraba y me empezaba a marear. Rasgué mi camisa y me hice un vendaje improvisado. La sangre seguía manando, pero de una manera más controlada. Seguí mi viaje esperando el desenlace de mi vida, que nunca llegó. Me miré al espejo. Mis venas saltaban como las de todos esos infelices, pero poco a poco volvían a su lugar, como si nada hubiera pasado. Por lo demás sólo un hueco en el estómago me dictaba alguna diferencia. Aceleré y en unos minutos me encontré a media cuadra de la casa de las luces. Creyendo poder llegar hasta la casa, los estertores del motor me llenaron de pánico. La velocidad disminuyó y me quedé sin combustible. Azoté las manos contra el volante. No podía ser, media maldita cuadra. Y por si fuera poco, un nuevo problema me dificultaba alcanzar mi objetivo. Una horda de zombies, quizá treinta, venía a donde me encontraba. El ruido del auto debió ser como un faro para esos cabrones. Pero no, no pensaba rendirme sin pelear. Abrí la puerta y salí del auto. Inmediatamente eché a correr con esos hijos de puta caníbales persiguiéndome. Seguí hasta la puerta de la casa y grité, rogué que me abrieran. Se oyeron postigos moverse,. No podía creerlo, postigos. Definitivamente esa casa –o debería de decir mansión, porque eso había sido originalmente- debía ser una fortaleza. Sólo rogaba a dios que pudieran moverlos antes de que un zombie me mordiera el culo. Como única opción para ganar tiempo, tomé dos bombas incendiarias y las lancé contra toda la congregación de parásitos que me seguía, en la que pronto quizá yo también engrosara sus filas. Los zombies ardieron al instante, supongo que por los gases de la descomposición. La puerta se abrió y un grupo de manos me jaló hacia adentro.
Una vez dentro todo sucedió muy rápido. Antes de que pudiera oponer resistencia, dos hombres de gran tamaño me apuntaban con escopetas directo a la cabeza. Pasaron más de treinta segundos y mientras el tiempo corría, ellos sólo parecían más y más nerviosos. Yo sabía porque era, así que rogué por mi vida. Mis súplicas no parecieron tener efecto. Apuntaron, encasquillaron y entonces…
Una mano fue levantada y mi vida fue perdonada. Quien había obrado el milagro fue una mujer de cabello negro, alta y con curvas de infarto. Todos parecían respetarla. Ella se limitó a preguntar mi nombre. Cuando me negué a hablar, sacó una pistola escuadra y el cañón tocó mi cuello. Dije mi nombre. Preguntó sobre la mordedura. Cuando mencioné cuánto tiempo tenía de haber sido mordido, mandó a que me pusieran en cuarentena. Quise replicar, pero el cañón de la pistola terminó por disuadirme. Fui confinado, lavado, esterilizado. Me alimentaron con carne y verduras, pero luego de dos días sin que pasara nada malo, me dejaron en libertad. Me regresaron mi libreta y me permitieron permanecer con ellos, aunque en el ambiente se apreciaba esa paranoia que les hacía experimentar. En cuanto me acomodé en un cuarto para mí sólo –nadie más tenía un cuarto para sí mismo en ese lugar- me llevaron a conocer a la mujer que fungía como líder.
Su nombre era Graciela Duarte. Coronel Graciela Duarte. Hablamos y nos pusimos al tanto de la situación. Le narré lo ocurrido y ella me puso al día de sus “tropas”, como las llamaba. Viajaban en caravana rescatando supervivientes y buscando provisiones. Días atrás, la casualidad los llevó a encontrar la mansión y decidieron instalarse, a falta de un lugar mejor. Sin embargo, mi llegada los puso en alerta y la caravana volvería a moverse. No quise ser irrespetuoso y ofrecí mis disculpas, pero una sonrisa brotó de su boca y casi creí que iba a besarme. Yo no sólo había puesto en movilización a su gente, sino que mi llegada significaba la mejor noticia que podían recibir. Yo no acaba de entender. Creí ser víctima de una broma y me levanté para retirarme. Se disculpó y me contó que ella era médico militar. También me dijo que no sólo era la mejor noticia para ellos, sino para el mundo. Al parecer, mi metabolismo podía ser utilizado para sintetizar una vacuna contra el contagio, como ellos lo nombraban. Yo había sido infectado y el virus estaba en mí, pero mi cuerpo había encontrado la forma de frenarlo. Tenían que conseguir encontrar la razón de que mi metabolismo actuara de esa manera. No quería engañarme ni ilusionarme. Existía un tremendo riesgo de que mi cuerpo terminara cediendo al virus. Era pues imperativo descubrir cuanto antes el mecanismo de defensa de mi cuerpo y para ello, todos pondrían su vida por delante de la mía hasta llegar a algún laboratorio donde pudieran trabajar.
Una carga descomunal se sostiene, pues, en mis hombros. Será una batalla dura, sin cuartel, pero voy a luchar. Nunca pensé llegar hasta aquí. Carajo, ni siquiera pensé volver a ver a otro humano en mi vida. Así que voy a seguir. Y quien sabe, tal vez incluso si en el peor de los casos me vuelvo zombie, le de una mordidita a la apetecible Coronel…
Pero también me llego este un pequeño articulo de Nicolás Molina, que la verdad me convenció de muchas maneras, aunque no tenga nada que ver con comics o superhéroes, pero que me llevo a pensar en ellos al terminar de leerlo...
El Descanso
Por: Nicolás Molina Vásquez
Naces, creces, te reproduces, envejeces y mueres, ese es el ciclo de la vida. ¿Pero qué haces en medio de todo? Fácil: Te caes, lloras, te levantas y vuelves a correr. Creces, cambias, te incomodas (incluso te odias) pero al final te aceptas y amas. Te enamoras, te corresponden y juran amor eterno; después los dos se dan cuenta de la realidad. Juegas, te diviertes, te desesperas, trabajas, pasas noches en vela. Y días sin descanso por tus metas.
¿Y el descanso?
Esa pequeña parte de tu vida que es dedicada exclusivamente a disfrutar. Ese mismo fragmento de nuestra rutina que con el paso del tiempo ha sido olvidado en un rincón. Ya no descansas porque tienes que estudiar, ya no duermes 8 horas por estudiar, ya no paras para pensar porque tienes que trabajar. Es bueno esforzarse por cumplir nuestros sueños, solo no olvidemos que el cuerpo y la mente tienen un límite. Los deportistas saben cuándo su más valiosa maquinaria está en peligro, y los doctores saben cuándo detenerse porque ya no es saludable pensar más.
¿Y todos los demás?
Trabajamos, soñamos con dejar de trabajar, pero tan bien hay casos donde se sueña con laborar. Tenemos turnos de seis de la mañana a seis de la tarde, eso sin contar los que tienen dos trabajos al mismo tiempo. Nuestras ansias por sobrevivir nos han hecho olvidarnos de la importancia de vivir. Nuestra necesidad de comer nos hace ignorar que debemos sentirnos realizados por el trabajo, no realizando tareas. Nuestro deseo de avance ha hecho que olvidemos algo sumamente importante: El haraganear.
Porque ya no sacamos dos o tres horas diarias para enfrascarnos en un libro o una película. Porque ya no pasamos horas y horas escuchando nuestra música preferida, o viendo en algunos minutos un sketch en páginas como You Tube. ¿Hace cuánto que no nos acostamos en el piso por el solo placer de sentir el frio en la piel? ¿Cuándo dejamos a un lado las siestas? ¿Dónde extraviamos el entretenimiento? En serio ¿Desde cuándo somos felices viviendo una vida dedicada al culto de la sociedad y no a nosotros mismos?
Aristóteles lo dijo: ¨El hombre es un animal social¨. Y si, es favorable que nuestras vidas le permitan mejorar a la humanidad. Hace tiempo un profesor de Física, cansado de la falta de interés colectiva de sus estudiantes, nos dijo:
¨ Yo sé que de aquí nadie saldrá a estudiar física pura, pero también sé que necesitan saber esto para el examen de Estado. En la vida del hombre hay tres preguntas básicas: ¿En qué cosa vas a creer? ¿Con quién pasaras el resto de tu vida? Y, ¿En qué vas a invertir tu vida? Respondan eso, chinos, y después hagan el favor de concentrarse en lograrlo¨
Por mi parte ya he respondido a ellas. Solo diré que mi respuesta a la última pregunta fue ayudar al prójimo, intentar de alguna forma que mi existencia pueda salvar aunque sea un fragmento de nuestra, en muchos casos, ridícula sociedad. Sé que los huesos de Marx bailan al ritmo de la marimba en su tumba; su enemiga jurada, la alineación del trabajador, ahora es una realidad cotidiana.
Habrá momentos en los que tengamos que esforzarnos más halla de nuestros límites.
Habrá días en los que tengamos que convivir con el dolor de cabeza y el malestar. Existirán meses, incluso años, en los que nuestra situación financiera o emocional no nos dejara dormir. Pero debemos tener claro que, en medio de nuestras carreras diarias, tiene que haber un punto donde nos paremos en medio de la acera y digamos ¨Alto¨. Debemos recordar el libro abierto y nunca terminado en nuestra repisa, debemos ir a ver aquella película que siempre quisimos ver, o comenzar ese proyecto que siempre aplazamos,-no por falta de tiempo, sino porque no sacamos horas libres de nuestras rutinas-. Debemos tomar conciencia y al fin recordar la gran importancia que tiene descansar.
Después de leer esto, solo diré dos cosas…
  1. En este momento le voy a levantar el castigo que le impuse a mi hija.
  2. Hoy mismo me voy a ver “El Hombre de acero con ella”.
Nos vemos en la red!!!

5 comentarios :

  1. Hombre, muchas gracias por publicar. De hecho ando con muchas ganas de hacer algún trabajo exclusivo para How To Arsenio, claro, si les agrada la idea. Saludotes y gracias de nuevo.

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  2. La vida solo es una aventura maravillosa y es solo tuya. Tienen que existir dragones, gigantes, enemigos y rompecabezas mas intensos para que sea mas hermosa y te sientas un triunfador. Y si solo te acuerdas de todo lo vivido, veras que eres mejor y te has superado....tienes otro nivel. No llores, no te enojes no bajes la guardia, que te distraes solamente; y, atrasaras solo el éxito que vendrá solo por que eres tú; que has olvidado tus anteriores batallas y logros....Recuerda que el seguir vivo te asegura que seguirás teniendo aventuras, pero, serán mas intensas y fuertes; por que lo de ayer no era nada, por que estabas más joven e inexperto; y, lo que tienes hoy es por que has subido de categoría y nivel, con un mejor "monstruo interior"; tan positivo y negativo que aunque no tenga instructivo de la vida, tiene fe que mañana seguirá teniendo una nueva aventura si se le permite vivir. y esta preparado aunque se le olvide lo que logro hoy......No son castigos o premios por sus acciones lo que les pasa.....Es solo para que cuando termine todo vean, que lo que no los mato los volvió mejores en todos los sentidos....E incluso insistirían por repetir todo, por que fue interesante vivir, incluso acompañado de todos los que le rodean que también se merecen ser reconocidos que siguen sin instructivo su propios niveles. Y por que, no compartir una palomitas y un refresco......Recuerda no des nada por dicho o por hecho en esta vida, no tienes poderes para ver el futuro (o leer las mentes), pero si se te permite algo es creer, que si estas vivo mañana sera algo increíble con el nivel avanzado.....campeón.

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  3. ambas colaboraciones estuvieron de lujo. el final de la primera me dejó así de WOW muy dramática. felicidades a los autores.

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  4. Genial aporte Baal.. La verdad es que lo leí con pocas expectativas y quedé muy, pero muy gratamente sorprendido.. mis sinceras felicitaciones... muy buen trabajo. Christian

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  5. Muchas gracias por los buenos comentarios. Eso anima a seguir escribiendo. Espero a más tardar en unos días poderles subir un relato sobre el poder, muy acorde con el sitio. Saludotes y gracias por tomarse el tiempo para leer.

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